POESÍA
De nuevo me rebelo.
Estoy harta de poesía engreída. Harta de artistas engreídos.
Soy Hartista con H.
No creo que haya más poesía que todas la cosas amables, tangibles o no: los besos y cuidados cotidianos, el café con leche, resolver los agobios del infierno exterior que pretende devorarnos – y, de ser posible, convertirlos en abrazos y victorias- , caer y levantarnos, y volver a caer y volver a levantarnos y aún querer más.
Creo en la poesía que se oculta. Que se guarda clandestina para quien sabe leerla en la cocina, la lavadora, la escoba insoportable, la cama deshecha, contar y recontar la vulgar economía diaria, las esperas y tardanzas, el reloj que negamos pero nos necesita, el vino del despilfarro, los regaños de la impaciencia, la paciencia…
Creo en la poesía de lo vulgar como creo en los desposeídos y en la rebeldía.
Y creo en las historias, en las vidas. En cada historia que es poema y en cada poema que es historia. Porque las vidas lo son todo.
En una vida, cualquier vida, existe la profundidad de todas las materias.
Y qué pena que, vidas enteras, hermosas y mediocres vidas que nos rozan e ignoramos, a veces patéticas vidas…, no sabemos leerlas como un poema.
Más poesía he encontrado en todo el amor y desamor de nuestras historias cotidianas, que en las meta trancas que escribieron y escribimos.
Ojalá seamos poetas sin pluma ni computadora, poetas de mirada y escucha, poetas de olor.
Porque la vida es más poesía de lo que podamos pretender lograr.
Nos debemos esa humildad.

Escrito un día cualquiera de hace no sé cuántos años a una persona que en cierta manera traicionaba su quehacer poético.





